divendres, 21 de juny de 2013

EL DESTINO DE UN SOÑADOR QUE NACIÓ PARA SER LIBRE

Segundo capítulo- LA CHICA DE MIS SUEÑOS

Las hojas secas, producto de este marzo pasado tan seco, crujen bajo mis pies. A medida que avanzo por el bosque se me hace más difícil caminar. El peso del cadáver parece ser cada vez mayor. Las raíces de los árboles, contra más me adentro en el bosque, más anchas y largas son, así que grandes raíces sobresalen impidiéndome el paso. Y mi tristeza e incredulidad a cada paso aumenta monstruosamente. Todavía no me puedo creer lo que me está sucediendo. Todavía no logro creer que mi madre se haya ido y me haya quedado sólo por completo aquí. No consigo asumir que mi madre me ocultó su enfermedad. Con un poco de esfuerzo y sacrificios podríamos haber pagado el costoso tratamiento. Podríamos haberlo intentado… ¿Tan poco confiaba en mí? No. No quiero pensar en eso. No quiero pensar que mi madre me ocultaba su vida y no confiaba en mí. Claro que confiaba en mí. Y me quería. Tal vez por eso lo hizo. No querría que me preocupase. Sí. Seguro que fue eso. Me quería demasiado. O eso espero…
El quilómetro entero que llevo caminando ha pasado factura a mi espalda y tengo que detenerme si no quiero derrumbarme aquí mismo. Dejo el cadáver recostado al lado de un árbol, con la cabeza apoyada delicadamente en una piedra. Unos metros más allá me siento en una raíz que ha salido de la tierra con exageración. Me paso las manos por la cara y simplemente lloro. Lloro sin pensar en nada. Lloro por ella, no por ellos. Lloro porque quiero llorar. Lo necesito. Agarro la raíz con fuerza y la tierra que está pegada a ella se desprende en silencio. Un silencio que sólo mis llantos interrumpen. Paro. Ahora no puedo llorar. No, ahora no. Tengo un cuerpo…, alma, mejor llamarlo alma, porque eso es lo único que queda ya de ella… Pero… No, es un cuerpo. No puedo mentirme a mí mismo. Es un puto cadáver que han creado ellos por su egoísmo y falta de altruismo. Y no estoy dispuesto a dejar que los asquerosos guardias se ocupen de ella. Quiero enterrarla en la playa, justo en el lugar donde pasábamos casi todos los días de verano y alguno que otro de invierno. Esa playa que está tras este bosque. Ese pequeñito golfo… Los recuerdos de esos días de verano, esos días que estaban a punto de llegar, hacen que una lágrima vuelva a brotar de mis ojos. Me levanto para no seguir llorando. No debo hacerlo. Debo seguir adelante.
Coger el cuerpo esta vez no me resulta tan pesado. Al contrario. Su peso es lo que me da fuerzas para seguir adelante y no caer.
Los minutos pasan y este bosque no acaba nunca. El largo camino se hacía más corto cuando mi compañera todavía podía sostenerse en pie. Miro el cielo. El sol comienza a ponerse y las sombras de los árboles se unen cada vez más a la oscuridad que va inundando el bosque. Y aunque antes pensaba que el peso no importaba como para detener mi camino, ahora lo retiro absolutamente. Después de estar media hora caminando mis piernas comienzan a flojear. Pero no puedo para ahora, estoy demasiado cerca como para…
Lo oigo. El murmullo de las olas me relaja y por un momento estoy a punto de dejar caer el cuerpo de mi madre al suelo. La sostengo mejor e intento relajarme unos segundos antes de entrar. Tan sólo unos metros de árboles nos separan de ella. Tan sólo unos metros de árboles me detienen de los recuerdos que jamás volveré a vivir i que, con mi mala suerte, iré olvidando a lo largo de los años. Los olvidaré si consigo sobrevivir…
Hace 5 años, cuando tenía 12 años. Mi madre tomaba el sol en ropa interior, ya que no disponíamos de bañadores y ahí nadie nos veía. Yo intentaba nadar en el mar, pues era difícil con las olas que me mecían en el agua. De una banda a otra del golfo nadaba, durante horas. No me cansaba. Porque eso simplemente me hacía sentir vivo. Sin embargo, aquel día, vi una medusa cerca de mí y se acabó el baño por unas cuantas horas. Entonces me acerqué a mi madre y la susurré al oído:
-          Mamá, ya sé lo que quiero ser de mayor. Quiero ser nadador. Quiero nadar cien veces al día esta playa- dije, orgulloso de mi decisión.
-          ¿Nadador? Es una bonita profesión. Pero no sé si eso te servirá de mucho para ganar dinero para comer.
-          No importa comer, yo solo quiero nadar- protesté en voz baja.
Mi madre rio y aceptó mi decisión por entonces.
Que ingenuo era por ese entonces yo. ¿Ganarme la vida nadando? ¿Pero en que estaba pensando? En esta vida solo triunfan los más ricos, y tan sólo por influencias e intereses… Los demás no tenemos ni una sola posibilidad.
Hace 10 años mi pie luchaba contra el miedo al agua e intentaba tocarla. La arena caliente me obligaba a darme prisa por superar ese miedo. Pero cada vez que aproximaba mi pie al agua, un impulso procedente de a saber dónde, me obligaba a retroceder dos pasos. Y vuelta a empezar. Hasta que una ola más grande de lo normal en aquella mañana de agosto me pilló desprevenido. El agua fría me bañó las piernas. Y eso me produjo un escalofrío. Un escalofrío que me gustó. Mi madre me observaba alegre desde unos metros más allá de la orilla.
-          ¡Ya te dije que el agua no es más mala que la tierra! Incluso a veces los que viven en ella son más sensatos que los que están aquí.- me gritó mientras yo reía por lo que acababa de pasar.
En aquel instante esas palabras no tenían mucho sentido para mí. Yo sólo estaba alegre por haber superado un miedo tan absurdo como aquél. Poco después descubrí su significado. Y cuánta razón tenían y tienen… Siempre lo han tenido…, y ahora más que nunca.
 Y hace tan sólo un año, me senté con mi madre en la orilla para charlar. Pocas veces hacía eso, siempre me pasaba horas nadando. Pero aquel día no me apetecía ni siquiera tocar el agua.
-          Mamá… ¿Alguna vez has pensado en la sinceridad de la gente? ¿Alguna vez has creído en ella?- le pregunté sin mirarle a los ojos, sino a un punto en el horizonte en el que el sol y el mar se cruzaban.
Ella quedó extrañada. Posiblemente no entendió bien mi pregunta. Quizá no me expresé bien.
-          Es decir, ¿alguna vez has pensado que lo que dice la que gente es del todo verdad? La gente miente mucho, demasiado. Así que creo, al menos yo, que cuando intentan decir una verdad completa las mentiras los invaden y no le dejan decirla. O tal vez los demás sean los que no los dejen decirla. Todos ellos. Los que gobiernan. Los agricultores. Los empresarios. Los mismos niños. Todos pertenecen a una gran mentira que ni siquiera ellos saben que existe. Eso es lo malo de mentir, que llega un punto en el que no sabes lo que es de verdad ni lo que es de mentira. O, tal vez, es simple y pura hipocresía. Da igual. Sigo sin creen en la sinceridad de nadie. No creo que haya nadie completamente… ¿puro? ¿Tú crees en ello, mamá?
Ella calló, no produjo ni un solo sonido. Simplemente apretó los labios y se limitó a mirar fijamente la fina arena. No creía en la sinceridad, lo sabía. Su silencio bastaba para saberlo. Yo ya había perdido esa creencia hacía un tiempo, pero no me gustó que una persona como ella también la perdiese. Aunque, al fin y al cabo, eso te ayuda a sobrevivir, ¿no?

Empiezo a llorar. Las emociones cuando veo el agua de la playa son demasiado fuertes y no puedo controlarlas. Y me derrumbo. No puedo más. Doy unos pasos y sólo logro llegar a mitad de camino del agua. Dejo el cuerpo con cuidado y me dirijo a una roca cercana gateando. Me apoyo en ella y empiezo a llorar desconsoladamente. Allí nadie podrá verme y tampoco lograría reprimir las lágrimas por mucho tiempo más. Aún tengo unas horas antes de que den con mi paradero. Esta playa nadie la visita, y nunca nadie nos ha visto aquí. Así que no sospecharan que esté aquí. Pero a medida que mis lágrimas van cayendo por mis mejillas, mis ojos empiezan a cerrarse. No puedo dormirme. Necesito… necesito hacer algo con ella. No me quedará tiemp… No podr… Mis ojos se cier…

Me despierta un olor intenso y algo acogedor. No sé lo que es. Es bastante distinto a todo lo que había olido antes. Huele… ¿bien? No lo sé. Me gusta el olor, pero a la vez lo desconozco. No me fio mucho. Mis ojos se abren de par en par, alarmados, y me hago una bola en el sitio en el que estoy. La piedra me tapa de todo lo que haya a mis espaldas. Pero hay alguien allí. Aunque no lo vea, lo sé. Ese olor lo ha provocado alguien. El cuerpo… ¿Seguirá en el sitio donde lo dejé? Mi vista se detiene en el trozo de arena donde lo dejé.  No veo muy bien. Se ha hecho de noche. ¿Cuánto he dormido? Pero no consigo calcular las horas. El alma se me cae a los pies. O incluso más abajo. Arena. Sólo hay eso. Consigo distinguir algo entre la negrura. Y es arena. Nada más. Seguro que han sido ellos. ¿Quién podría ser sino? El tiempo se me ha acabado y los guardias me han encontrado. ¿Qué le estarán haciendo a ella? Ese olor… ¿Vendrá de lo que le estén haciendo? No puedo más… No pienso dejar que le hagan eso. Aunque ya esté muerta no puedo permitir que no tenga una despedida como se merece. No quiero ni que la toquen. Esto ya ha llegado a un límite que no puedo controlar. Menos mal que no he tenido ningún sueño premonitorio esta vez y estoy más lúcido que nunca.
-          ¡NO! ¡PARAD! ¡NI SIQUIERA LA TOQUEIS! - grito, saliendo de mi escondite y cerrando los ojos para no ver lo que le están haciendo.
Silencio. Como respuesta sólo consigo un susurro del viento. Sigo con los ojos cerrados. Pero sigo sin conseguir respuesta. Voy abriéndolos poco a poco. Me espero lo peor. Sin embargo… Sin embargo… ¿quién es? La chica que me mira sorprendida desde la pequeña fogata que habrá echo ella misma, ¿quién es? ¿Por qué me resulta tan familiar? ¿Por qué tiene el pelo corto? ¿Por qué tiene el cabello castaño? ¿Por qué es idéntica a la de mi sueño? No… No quiero que sea ella. Creía que por una vez se habían acabado los sueños premonitorios. Creía que al menos por una vez iba a ser diferente. Y hoy… Hoy tenía que ser diferente…
-          Tú… No… ¡TÚ NO PUEDES SER ELLA! ¡ES IMPOSIBLE! ¡NO QUIERO QUE SEAS!
Rompo a llorar. De rabia, de impotencia, de tristeza, de sorpresa… De todo. Las piernas me fallan y no consigo entender nada. No sé qué hubiese preferido. Si ellos o ella… Pensaba que los sueños me iban a dejar en paz de una vez. Casi había conseguido olvidarme de ellos.
Doy una patada a la arena y caigo al suelo. Me siento y me vuelvo a apoyar en la piedra, esta vez en la otra banda. Me tapo la cara y sigo llorando.
-          ¿De qué chica estas hablando? No sé de qué estás hablando. Pero tranquilízate. Después enterraremos a tu madre. ¿Quieres un poco de chocolate caliente?- su voz es monótona y no muestra ninguna emoción. Ni enfado, ni compasión, ni nada.
Sus últimas palabras me cambian el estado de ánimo. No las del chocolate, sino las otras. Más bien sus penúltimas palabras. Las que tenían que ver con mi madre. ¿De verdad quiere enterrarla? Pero no se lo voy a preguntar. No quiero estropear nada y que después se eche atrás.
-          No sé si me gusta. Nunca lo he probado…
Pero me muero de hambre. No podría negarme a una cosa así. Me seco las lágrimas con la camiseta y me pongo en pie, intentándome tranquilizar y haciendo un esfuerzo por no echarme de nuevo a llorar. Ella coge el cucharon con el que mueve el chocolate y me lo da lleno de un líquido espeso. Le doy un sorbo. Quema mucho. ¡Muchísimo! Pero me gusta. Tiene un sabor dulce y delicioso. Noto como baja por mi estómago y me quema. No obstante, ese sabor delicioso se me queda en la boca y lo saboreo.
-          Está bueno…- susurro.
La chica de pelo corto se acerca a la fogata y se sienta. Me hace indicaciones de que vaya con ella. Y lo hago. No puedo cometer ningún error. Ella seguramente sea la única persona que se ofrecería voluntaria para hacer algo como lo que quiere hacer por mi madre. Así que tengo que ir con cuidado.
-          Dentro de un rato enterraremos a tu madre. Pero primero nos acabamos este chocolate, ¿no?
Y esboza una pequeña sonrisa forzada. Sus palabras también son forzadas. Está actuando. Se nota a mil leguas. No es de fiar. Aunque tenga la misma edad que yo aproximadamente, tal vez un poco más mayor, y no esté metida del todo en el asunto, puede que esté compinchada con el dictador. Pero debo seguir con ella si quiero que me dé tiempo a enterrar a mi madre. Se ha hecho tarde y yo solo no podría conseguirlo. Además, tiene chocolate y está delicioso.
Nos pasamos un buen rato sin hablar. Sólo comemos. Ella deja la mirada fija en la fogata. Pero yo no puedo dejar la mente en blanco tan fácilmente, tengo que estar despierto del todo para que cuando los refuerzos de la chica lleguen no me pillen desprevenido.




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